En esta sección se presentan shorts inspirados en pasajes, momentos y escenas del libro Autobiografía
de un Yogui. Todos los vídeos han sido elaborados mediante técnicas muy complejas y minuciosas
de Inteligencia Artificial. Por ello, cualquier donativo para poder continuar
produciendo este hermoso contenido será recibido con la más profunda gratitud. Deseo de corazón que
disfrutes de todo ello y que te ayude a sentirte todavía más cerca de todos nuestros Gurús y Paramgurús.
Que Dios te bendiga. Om, Shanti, Amén.
«¿Me darás tú el mismo incondicional
amor?»
En Benarés, tras el primer encuentro, Sri Yukteswar pide a Mukunda que le
prometa un amor eterno y le confía una petición para toda su vida.
«¿Me darás tú el mismo incondicional amor?»
Capítulo X · «Conozco a mi maestro, Sri Yukteswar»
Tras el primer encuentro milagroso en la callejuela de Benarés, Sri Yukteswar conduce al joven
Mukunda a su residencia temporal, en un balcón de piedra con vista al Ganges. Allí le ofrece
unas palabras que marcarán la relación entre ambos para el resto de sus vidas: le da su amor
incondicional y le pregunta, con la ingenuidad de un niño, si el discípulo le corresponderá del
mismo modo. Mukunda promete amarlo eternamente. El maestro añade entonces una petición
conmovedora: si alguna vez lo ve caer del estado de realización divina, que ponga su cabeza
sobre las rodillas y le ayude a volver al Amado Cósmico.
Mukunda meditando en la buhardilla
En un
pequeño desván de la casa familiar del nº 4 de Gurpar Road, el joven Mukunda se entregaba a su
sadhana y preparaba su mente para la búsqueda de Dios.
Mukunda meditando en la buhardilla
El desván de la casa de Gurpar Road · Escenario de su Sadhana
En la casa familiar del nº 4 de Gurpar Road, en Calcuta, un pequeño desván se convirtió en el
retiro del joven Mukunda —el futuro Paramahansa Yogananda—. Allí, ante la fotografía de Lahiri
Mahasaya, se entregaba a sus prácticas de meditación y preparaba su mente para la búsqueda de
Dios. Aquella buhardilla fue escenario de tantas escenas de su turbulenta sadhana: en ella lloró
hasta sentirse por completo transformado, «como si hubiera usado un limpiador químico», cuando
todos sus apegos familiares y mundanos se disolvieron y su resolución de buscar a Dios se
cimentó con la firmeza del granito. Fue también desde su ventana desde donde, una lluviosa
mañana, arrojó el hatillo con su cobertor, sus sandalias, el Bhagavad Gita, un rosario y el
retrato de su gurú, antes de su interrumpida fuga hacia los Himalayas. Y sería en ese mismo
rincón donde, años después, le sobrevendría una de sus más grandes experiencias de conciencia
cósmica.
Interrumpida fuga hacia los Himalayas
El
joven Mukunda intenta escaparse hacia los Himalayas con su amigo Amar Mitter y arroja su
equipaje por la ventana del tercer piso.
Interrumpida fuga hacia los Himalayas
Capítulo IV · «Interrumpida fuga hacia los Himalayas»
Decidido a escapar hacia los Himalayas en busca de su maestro, el joven Mukunda envuelve en un
cobertor unas pocas pertenencias esenciales: una fotografía de Lahiri Mahasaya, un ejemplar del
Bhagavad Gita, un rosario, sandalias y unos taparrabos. Arroja el bulto por la ventana de la
buhardilla del tercer piso de la casa familiar en Calcuta y baja corriendo por la escalera.
Tropieza con su tío en la puerta y logra recoger el equipaje discretamente en el callejón. La
aventura —que incluirá disfraces europeos y billetes de tren— quedará finalmente frustrada, pero
es una de las primeras imágenes vívidas de su búsqueda espiritual.
Veo a mi Gurú por primera vez
En una modesta
callejuela de Benarés, Mukunda ve al fondo la figura del maestro que había visto miles de veces
en sus visiones.
Veo a mi Gurú por primera vez
Capítulo X · «Conozco a mi maestro, Sri Yukteswar»
Enviado por un joven clérigo a un mercado de la zona bengalí de Benarés, Mukunda atraviesa el
bullicio colorido de la calle. Al voltear la cabeza al pasar por una modesta callejuela, ve al
fondo, inmóvil, a un hombre con la túnica ocre de los swamis. La figura le resulta extrañamente
familiar. Tras alejarse unos pasos, siente que sus pies se vuelven pesados como piedra y no
puede continuar. Deja los paquetes en brazos del sorprendido acompañante y regresa corriendo. Al
llegar a los pies del maestro, reconoce en él el rostro que había visto miles de veces en sus
visiones. Es Sri Yukteswar, que lleva años esperándolo.
La resurrección en el Hotel Regent
Tres
meses después de su mahasamadhi, Sri Yukteswar se aparece a Yogananda en Bombay y le describe el
planeta astral Hiranyaloka.
La resurrección en el Hotel Regent
Capítulo XLIII · «La resurrección de Sri Yukteswar»
Tres meses después del fallecimiento del maestro en Puri, Yogananda se encuentra meditando en su
habitación del Hotel Regent de Bombay. A las tres de la tarde del 19 de junio de 1936, una
semana después de haber tenido una visión de Krishna, la habitación se llena de una luz
beatífica y Sri Yukteswar aparece ante él en carne y hueso. Yogananda rompe el protocolo
habitual: en lugar de arrodillarse, corre a abrazarlo. El maestro le explica que ha resucitado
en un planeta astral llamado Hiranyaloka con un cuerpo formado a partir de átomos cósmicos, y
durante dos horas le revela los secretos de los mundos astral y causal.
Con el Mahatma en el ashram de Wardha
En
agosto de 1935, Yogananda visita a Gandhi en Wardha. Comparten comidas sencillas, meditaciones y
largas conversaciones sobre religión.
Con el Mahatma en el ashram de Wardha
Capítulo XLIV · «Con Mahatma Gandhi en Wardha»
En agosto de 1935, Yogananda visita el ashram de Mahatma Gandhi en Wardha. Aunque es su primer
encuentro personal, ambos se miran con afecto: Gandhi ya había visitado años antes la escuela de
Ranchi y había dejado un tributo en el libro de visitantes. El pequeño santo, vestido solo con
un taparrabos como símbolo de unidad con las masas humildes de la India, le entrega una nota
escrita de bienvenida. Comparten comidas sencillas, meditaciones en la azotea al atardecer y
largas conversaciones sobre religión, la India y Occidente. Gandhi pide a Yogananda que lo
inicie en el Kriya Yoga.
La cueva de las vidas pasadas
Babaji conduce
a Lahiri a una gruta que había sido su hogar en una vida anterior; allí comienza la reiniciación
en el Kriya Yoga.
La cueva de las vidas pasadas
Capítulo XXXIV · «Materialización de un palacio en los Himalayas»
Tras la primera aparición de Babaji en la montaña Drongiri, el guru inmortal conduce a Lahiri
Mahasaya a una pequeña gruta que contiene mantas de lana y cuencos de mendigo. Le señala una
manta doblada en un rincón y le pregunta si reconoce ese asiento. Al posar suavemente la mano
sobre su frente, Lahiri recuerda de pronto que en su vida anterior había habitado esa misma
cueva durante muchos años. Babaji le confía que la ha mantenido limpia y preparada, esperando su
regreso durante más de tres décadas. Es allí, junto al río Gogash, donde comienza la
reiniciación de Lahiri en el Kriya Yoga y el reencuentro entre maestro y discípulo.
Vislumbres de América
En la escuela de
Ranchi, Yogananda medita y ve una vasta multitud de rostros occidentales pasar por el escenario
de su conciencia.
Vislumbres de América
Capítulo XXXVII · «Voy a América»
Buscando un momento de retiro entre los nuevos alumnos de la escuela de Ranchi, Yogananda se
sienta a meditar detrás de unas cajas polvorientas en una bodega. Durante la meditación se
despliega ante sus ojos una visión panorámica de lugares y personas de América. La certeza le
llega instantánea: el Señor lo llama a viajar. Cuando la puerta de la bodega se abre y un niño
lo descubre, Yogananda le anuncia con alegría que partirá a descubrir América como un nuevo
Cristóbal Colón. Horas después toma el tren para Calcuta.
Lahiri Mahasaya bendice a Mukunda (Paramahansa
Yogananda)
Siendo bebé, Mukunda es llevado ante Lahiri Mahasaya, quien lo bendice y
anuncia su destino como yogui.
Lahiri Mahasaya bendice a Mukunda (Paramahansa Yogananda)
Capítulo II · «La muerte de mi madre. El amuleto místico»
En el mensaje póstumo que la madre de Mukunda le hace llegar tras su muerte, recuerda un
episodio decisivo de la primera infancia del niño. Siendo aún un bebé de brazos, ella lo llevó a
la casa de Lahiri Mahasaya en Benarés. Casi oculta entre la multitud de discípulos, pidió
silenciosamente que el maestro los notara. Lahiri abrió los ojos, hizo señas para que la madre
se acercara, sentó al niño sobre sus piernas y le colocó la mano sobre la frente como bautismo
espiritual. Anunció entonces que aquel niño sería un yogui y que, como una locomotora
espiritual, conduciría muchas almas al Reino de Dios.
Los paseos al alba junto al Ganges
Los
amaneceres de maestro y discípulo caminando juntos por las orillas del Ganges tras el samadhi
matutino.
Los paseos al alba junto al Ganges
Capítulo XII · «Años en la ermita de mi maestro»
Cada mañana, después de que Sri Yukteswar salía de su samadhi profundo, maestro y discípulo
emprendían juntos un largo paseo por las orillas del Ganges antes del desayuno. Yogananda
recuerda estas caminatas como una de las imágenes más vívidas de su vida en Serampore: el sol
tempranero calentando el río, la voz sonora y rica del maestro impartiendo sabiduría con la
autenticidad de la realización. Muchas de las largas conversaciones filosóficas que se
prolongaban durante la noche entera terminaban con la exclamación del maestro al ver el
amanecer: era hora de levantarse y caminar hacia el río.
Mukunda (Paramahansa Yogananda) y su madre, rezando
a Lahiri
Meditaciones cotidianas del pequeño Mukunda con su madre ante la fotografía
de Lahiri Mahasaya que presidía el altar familiar.
Mukunda (Paramahansa Yogananda) y su madre, rezando a Lahiri
Capítulo I · «Mis padres y la primera infancia»
En el altar familiar, la fotografía de Lahiri Mahasaya —regalada al padre por el propio maestro—
presidía la vida espiritual del hogar en todas las ciudades donde vivió la familia. Muchas
mañanas y noches encontraban al pequeño Mukunda y a su madre meditando juntos ante esta pequeña
capilla improvisada, ofreciendo flores impregnadas de pasta de sándalo e incienso. El niño
relata cómo, durante estas meditaciones, veía frecuentemente la imagen del guru salir de su
marco y tomar forma viviente ante él. Es también la madre quien, cuando enferma gravemente de
cólera, le hace mirar el retrato: una luz resplandeciente lo cura al instante.
El maestro sobre la piel del tigre
La
primera imagen de Sri Yukteswar en su ermita de Serampore, sentado sobre la piel que lo acompañó
toda su vida monástica.
El maestro sobre la piel del tigre
Capítulo XII · «Años en la ermita de mi maestro»
La primera imagen que Yogananda recibe de su guru al llegar a la ermita de Serampore es la de
Sri Yukteswar sentado sobre una piel de tigre en la antesala del balcón. Desde ese asiento —que
era también su lugar habitual para meditar y para conversar en las noches con los discípulos—
dirigía la vida de la ermita con voz serena. La piel de tigre acompañó al maestro durante
prácticamente toda su vida monástica y se convierte, a lo largo del libro, en el símbolo visual
del asiento del guru.
Los ronquidos del maestro
Contraste tierno y
humorístico entre el sueño profundo de Yukteswar y su despertar instantáneo al samadhi yóguico.
Los ronquidos del maestro
Capítulo XII · «Años en la ermita de mi maestro»
Yogananda cuenta que era sencillo saber cuándo su maestro despertaba: cuando cesaban súbitamente
sus profundos ronquidos. Uno o dos suspiros, un pequeño movimiento y luego un silencio total del
aliento; entonces Sri Yukteswar entraba en el samadhi yóguico. La escena se cuenta con humor y
ternura, presentando el contraste entre la aparente relajación del sueño y la extrema disciplina
de la conciencia despierta del yogi. Yogananda dormía muy cerca de él, en un catre estrecho,
como parte de su vida cotidiana en la ermita.
La cometa de la Madre Divina
En un balcón de
Lahore, el pequeño Mukunda pide en silencio a la Madre Divina las dos cometas y las recibe.
La cometa de la Madre Divina
Capítulo I · «Mis padres y la primera infancia»
En Lahore, en el balcón de la casa familiar, el pequeño Mukunda observa junto a su hermana Uma
cómo dos cometas de papel combaten sobre los tejados. Uma se burla cuando su hermano le comenta
que la Madre Divina podría concederle cualquier deseo. Mukunda le pide entonces silenciosamente
que las dos cometas caigan en sus manos. Poco después, cortadas ambas, un cactus del tejado de
enfrente atrapa milagrosamente los cordeles, permitiéndole recogerlas. La hermana, asustada,
sale corriendo. Es una de las primeras experiencias de fe respondida en la vida del niño.
El talismán de plata heredado
Un sadhu
desconocido anuncia a la madre de Mukunda que un amuleto se materializará para ser entregado a
su hijo.
El talismán de plata heredado
Capítulo II · «La muerte de mi madre. El amuleto místico»
Estando la familia en Lahore, un sadhu desconocido pide ver a la madre de Mukunda. Le anuncia
que su vida en la tierra será corta y que debe custodiar un amuleto de plata que se
materializará en sus manos durante la meditación de la noche siguiente. Le indica también que, a
su muerte, debe pasarlo al hijo mayor y, tras un año, entregárselo a Mukunda. Todo ocurre tal
como fue predicho. El talismán, cubierto con caracteres sánscritos, llega a manos del joven
Yogananda tras la muerte de su madre y despierta en él memorias de vidas pasadas.
Dos discípulos del mismo guru
El profundo
aprecio entre Sri Yukteswar y el padre de Yogananda, ambos discípulos de Lahiri Mahasaya.
Dos discípulos del mismo guru
Capítulo XII · «Años en la ermita de mi maestro»
Sri Yukteswar solía poner al padre de Yogananda —Bhagabati Charan Ghosh— como ejemplo de una
vida bien organizada y equilibrada. Ambos habían sido discípulos de Lahiri Mahasaya y se
apreciaban profundamente. En una ocasión, cuando el padre visita la ermita esperando escuchar
elogios sobre su hijo, Sri Yukteswar enumera con solemnidad una lista de pequeñas imperfecciones
del joven; el padre corre después a decírselo entre lágrimas y risas. La escena revela la sólida
cercanía espiritual entre los dos hombres mayores y el estilo formativo, sin adulaciones, del
maestro.
El primer encuentro con Babaji en la Kumbha
Mela
En la Kumbha Mela de Allahabad (1894), Sri Yukteswar es llamado ante un gurú
resplandeciente bajo un árbol: es Babaji, que le anuncia su misión hacia Occidente.
El primer encuentro con Babaji en la Kumbha Mela
Capítulo XXXVI · «El interés de Babaji por Occidente»
En una tranquila noche de verano en Serampore, Sri Yukteswar le reveló a Yogananda que había
sido bendecido tres veces con la visión del gurú inmortal, y que su primer encuentro tuvo lugar
en la Kumbha Mela de Allahabad, en enero de 1894. Todavía no era swami, pero ya había recibido
el Kriya de Lahiri Mahasaya, quien le animó a acudir. Abrumado por el gentío y algo
desilusionado —«esta feria no es más que un caos de ruidos y limosneros»—, cruzaba un puente
junto al Ganges cuando un alto sannyasi lo detuvo: «Señor, un santo lo llama». Le siguió hasta
un árbol a cuya sombra se sentaba un gurú de presencia resplandeciente, de ojos oscuros y
brillantes: era Babaji. Leyendo sus pensamientos, elogió su interés por Occidente y le encomendó
que Oriente y Occidente estableciesen juntos un «sendero dorado» de actividad y espiritualidad.
«Dentro de algunos años te enviaré un discípulo en yoga para difundir esta enseñanza en
Occidente», le prometió. Años después, Sri Yukteswar se volvería hacia el propio Yogananda para
decirle: «Tú eres el discípulo que Babaji prometió enviarme».
El Swami de los Tigres
Antes de hacerse
monje, el swami Sohong luchaba a puño limpio con tigres reales de Bengala; una profecía cumplida
lo llevaría de la jaula a la senda espiritual.
El Swami de los Tigres
Capítulo VI · «El Swami de los Tigres»
Movido por un ardiente entusiasmo juvenil, Mukunda y su amigo Chandi buscan en Bhowanipur, a las
afueras de Calcuta, a un santo que en su vida premonástica cazaba y luchaba con tigres a mano
limpia. Tras una larga espera —prueba de paciencia—, encuentran al swami Sohong sentado en su
cama: un cuerpo colosal, de bíceps enormes, desnudo salvo por una piel de tigre en la cintura y
una mirada a la vez de paloma y de tigre. «Para mí no es nada dominar tigres», les dice.
Confiesa que su cuerpo fue débil al principio y que solo su indomable persistencia en
pensamientos de fuerza lo transformó; hay, añade, muchas clases de tigres, y los que vagan por
las selvas de los deseos humanos son los que de verdad conviene vencer. Embriagado por la fama,
había desoído la advertencia que un santo transmitió a su padre: si no cesaba, un tigre le
causaría terribles heridas y seis meses de grave enfermedad, tras los cuales se haría monje. La
profecía se cumplió al pie de la letra en la arena de Cooch Behar, frente al feroz Raja-Begum.
Curado al fin, el domador invencible cambió la jaula por la senda espiritual cuando su gurú
llegó a decirle: «Ya has domado suficientes tigres; ven conmigo, y te enseñaré a domeñar las
bestias de la ignorancia que vagan por las selvas de la mente humana».
El Santo que Levita
Bhaduri Mahasaya,
recluido en su cuarto de la Calzada Alta, domina los pranayamas del óctuple yoga de Patanjali
hasta perder densidad su cuerpo y levitar en meditación.
El Santo que Levita
Capítulo VII · «El Santo que Levita»
Un amigo cuenta a Mukunda que ha visto a un yogui sostenerse en el aire, a varios palmos del
suelo; él adivina enseguida el nombre: Bhaduri Mahasaya, el santo de la Calzada Alta, cuya casa
visita a menudo. Maestro consumado de los pranayamas del óctuple yoga de Patanjali, en cierta
ocasión ejecutó ante él el Bhastrika Pranayama con tal fuerza que parecía haberse desatado una
tormenta en el cuarto; luego apaciguó el aliento y quedó inmóvil en un alto estado de
superconsciencia, dejando un aura de paz inolvidable. Al perder densidad el cuerpo tras ciertos
pranayamas, el yogui puede levitar. Recluido puertas adentro durante veinte años, solo sale a la
acera en los festivales sagrados, donde le esperan los pobres, pues es célebre por su tierno
corazón. De naturaleza grave pero llena de humor —«la mayoría prefiere el Jala Yoga, la unión
con la comida, al Dhyana Yoga, la unión con Dios»—, había renunciado desde niño a una gran
fortuna familiar: «he abandonado unas mezquinas rupias por un imperio cósmico de infinita
bienaventuranza», replicaba a quien alababa su sacrificio. Ya se carteaba con sociedades de
América interesadas en el yoga y, con insinuaciones proféticas, anticipaba que Yogananda
llevaría un día las enseñanzas de la India a Occidente.
Babaji bajo el árbol junto al Ganges
Tras
concluir el tratado encargado por Babaji, Sri Yukteswar lo encuentra bajo un plátano junto al
Ganges, rodeado de sus discípulos.
Babaji bajo el árbol junto al Ganges
Capítulo XXXVI · «El interés de Babaji por Occidente»
Tras terminar el tratado que comparaba las Escrituras hindúes con la Biblia por encargo de
Babaji, Sri Yukteswar acude una mañana a Rai Ghat a bañarse en el Ganges. En el silencio del
lugar, un impulso le hace volverse: bajo la sombra de un plátano, junto a la orilla, encuentra a
Babaji rodeado de sus discípulos. El maestro inmortal le saluda cariñosamente y le agradece la
obra concluida. Cuando Yukteswar corre a su casa cercana en busca de frutas para ofrecerles, al
regresar el pequeño grupo ha desaparecido sin dejar rastro. La escena revela la delicadeza y la
aparente fugacidad con la que Babaji se manifiesta ante sus devotos.
Babaji con sus discípulos
En los
desfiladeros del Himalaya, cerca de Badrinarayan, el inmortal Babaji sigue vivo, moviéndose con
su reducido grupo de discípulos y velando en silencio por la evolución espiritual de la
humanidad.
Babaji con sus discípulos
Capítulo XXXIII · «Babaji, el Yogui-Cristo de la India moderna»
En los desfiladeros del Himalaya, cerca de Badrinarayan, la presencia viviente de Babaji sigue
bendiciendo la tierra: el aislado maestro ha conservado su forma física durante siglos, quizá
milenios, sin mostrar señales de edad en su cuerpo, que parece el de un joven de veinticinco
años. Se mueve de una cumbre a otra con un pequeño grupo de discípulos avanzados —entre ellos
algunos aventajados occidentales—, unas veces por medios astrales y otras caminando de pico en
pico; cuando decide partir, pronuncia «Dera danda uthao» («levantemos el campamento») y todo el
grupo se traslada al instante. Apenas come, y solo por cortesía acepta a veces frutas o arroz;
únicamente es visto o reconocido cuando él lo desea. Como Mahavatar, su misión ha sido ayudar a
los profetas a cumplir su encomienda: dio la iniciación en el yoga a Shankara y a Kabir y, en el
siglo XIX, a Lahiri Mahasaya, con quien revivió el casi perdido arte del Kriya. Babaji vive en
comunicación constante con Cristo; juntos envían sus vibraciones de redención y han trazado la
técnica espiritual de salvación para esta era, inspirando a las naciones a desterrar las guerras,
los odios raciales, los sectarismos y los males del materialismo. Su propósito es difundir la
autorrealización por medio del yoga tanto en Oriente como en Occidente, laborando siempre en una
oscura y silenciosa humildad.
Lahiri es descubierto
Una noche, en su
propia habitación, Kashi Moni despierta y ve a su esposo, Lahiri Mahasaya, suspendido en el aire
en la postura del loto, rodeado de ángeles que lo reverencian.
Lahiri es descubierto
Capítulo XXXI · «Una entrevista con la Santa Madre»
Pasaron muchos años antes de que Kashi Moni llegara a comprender la verdadera estatura divina de
su esposo. Una noche, en la pequeña habitación que ambos compartían, tuvo un vívido sueño en el
que ángeles gloriosos flotaban sobre ella con una gracia inimaginable; la visión fue tan real
que despertó, y encontró la habitación extrañamente envuelta en una luz deslumbrante. Su marido,
en la postura meditativa del loto, se hallaba suspendido a media altura, rodeado de ángeles que
lo reverenciaban con las palmas unidas y una actitud de dignidad suplicante. Sorprendida
sobremanera, creyó que aún seguía soñando, hasta que Lahiri Mahasaya le dijo: «Mujer, no estás
soñando; olvida tu sueño para siempre jamás». Mientras él descendía lentamente al suelo, ella se
postró a sus pies e imploró perdón por haberlo tratado como a un simple esposo, rogándole que la
aceptara como discípula. Desde aquella noche, el maestro no volvió a dormir en su habitación: se
quedó en la planta baja junto a sus discípulos, y ofreció a su consorte la iniciación en el Kriya
Yoga.
Meditando juntos
En la ermita de Serampore,
Sri Yukteswar despertaba antes del alba para entrar en samadhi y dedicaba las quietas horas de la
noche a interpretar las Escrituras y a guiar la meditación de sus discípulos.
Meditando juntos
Capítulo XII · «Años en la ermita de mi maestro»
En la mansión ancestral de Serampore, convertida en ermita, la vida diaria se deslizaba
suavemente al ritmo de la disciplina espiritual. Sri Yukteswar despertaba antes del amanecer y,
recostado o sentado en su lecho, entraba en el estado de samadhi; luego venían los largos paseos
matutinos por el Ganges, en los que su voz, sonora y rica, destilaba la auténtica sabiduría. Las
quietas horas de la noche traían a menudo sus disertaciones, tesoros que desafían al tiempo, con
cada expresión medida y cincelada, hasta el punto de que el joven Yogananda tenía la conciencia
de hallarse ante una viviente manifestación de Dios. En la hora apacible del crepúsculo, sentado
a sus pies, el discípulo escuchaba al maestro interpretar incomparablemente los textos antiguos,
y no era raro que una discusión filosófica se prolongara hasta el nuevo amanecer. Allí impartió a
Yogananda la iniciación en el Kriya Yoga, cuyo contacto abrió en su ser una gran luz semejante al
resplandor de incontables soles ardiendo juntos. Entre la meditación y la enseñanza, Sri
Yukteswar adiestraba a los suyos para sostener la supraconciencia en medio de toda distracción,
hasta que el sonido y la vista se abrieran a mundos más bellos que el perdido Edén.
Yogananda y el niño
Una de las imágenes
más queridas de la colección de láminas de Paramahansa Yogananda que muchos devotos guardamos
en nuestro altar, aquí recreada y animada con inteligencia artificial.
Yogananda y el niño
Lámina devocional de Self-Realization Fellowship · Recreada y animada con inteligencia artificial
Esta es una de las imágenes míticas de la colección de láminas de Paramahansa Yogananda que
Self-Realization Fellowship ha custodiado a lo largo de los años, y que tantos devotos hemos
querido tener en nuestro altar como recordatorio de la ternura del guru. En ella, el maestro
aparece junto a un niño, en una escena serena a orillas del río que transmite la dulzura, la
protección y el amor incondicional con que Yogananda acogía a cada alma. Para dar nueva vida a
esta querida estampa, la hemos recreado con inteligencia artificial y la hemos convertido en un
breve vídeo animado, con el deseo de que, al contemplarla en movimiento, sintamos aún más
cercana la amorosa presencia de nuestro Gurudeva.
La segunda venida de Cristo
Mientras dictaba
en Encinitas su interpretación del Nuevo Testamento, Yogananda suplicó a Cristo que le revelara
el verdadero sentido de sus palabras; una noche, Jesús se le apareció en un cuerpo radiante para
confirmársela.
La segunda venida de Cristo
Capítulo XLIX · «Los años 1940-1951»
Uno de los períodos más felices de la vida de Paramahansa Yogananda transcurrió mientras
dictaba, para su publicación en Self-Realization Magazine, su interpretación de una parte del
Nuevo Testamento. Durante aquel tiempo imploró fervientemente a Cristo que le revelara el
verdadero significado de sus palabras, tantas veces malinterpretadas a lo largo de veinte
siglos. Una noche, mientras oraba en silencio, una luz opalescente inundó su estudio en la
ermita de Encinitas y Jesucristo se le apareció en un cuerpo radiante, con la apariencia de un
hombre joven de unos veinticinco años, la larga cabellera partida al medio y circundada por un
resplandeciente halo dorado. De sus ojos, en constante y luminosa transición, emanaba la
sabiduría que sustenta los mundos incontables. Un Santo Grial descendió entonces desde su boca
hasta los labios de Yogananda y regresó luego a él, y el Maestro pronunció unas palabras de
contenido tan hermoso y personal que el yogui las guardó como un tesoro en lo más hondo de su
corazón. En ellas, Cristo confirmaba que su interpretación de las Escrituras era verdadera, con
la conmovedora frase: «Has bebido de la misma copa de la que Yo bebí».
El samadhi de la conciencia cósmica
En la ermita de Serampore, Sri Yukteswar golpea suavemente el pecho de Mukunda, un poco arriba del corazón, y lo introduce en el océano de luz de la conciencia cósmica, donde su ser se expande hasta abarcar el universo entero.
El samadhi de la conciencia cósmica
Capítulo XIV · «Una experiencia de la conciencia cósmica»
Una mañana, en la ermita de Serampore, mientras Mukunda —el futuro Paramahansa Yogananda— intentaba meditar con la mente inquieta como hojas bajo el vendaval, Sri Yukteswar lo llamó a su lado. «Las montañas no pueden darte lo que tú quieres», le dijo con ternura; «el deseo de tu alma será cumplido». Entonces le golpeó suavemente el pecho, un poco arriba del corazón. Al instante el cuerpo del discípulo quedó inmóvil, el aliento abandonó sus pulmones y su sentido de identidad dejó de estar confinado a la carne para abarcar todos los átomos que lo rodeaban. Vio la vecindad entera en una mirada esférica y simultánea; los objetos temblaban y se fundían en un mar de luz, y escuchó resonar el AUM, la vibración creadora del universo. Un océano de gozo cubrió las riberas sin fin de su alma. Cuando el aliento regresó, el maestro le advirtió: «No debes embriagarte con el éxtasis; mucho trabajo hay para ti en el mundo todavía», enseñándole el secreto de una vida equilibrada.
El robo de la coliflor
De vacaciones en la ermita de Puri, Mukunda esconde bajo su cama seis coliflores que ha cultivado con sus propias manos. Sri Yukteswar, leyendo su descuido y los pensamientos ajenos, anuncia que pronto serán nada más que cinco.
El robo de la coliflor
Capítulo XV · «El robo de la coliflor»
Durante sus vacaciones de verano en la ermita de Puri, a la orilla de la Bahía de Bengala, Mukunda regala a Sri Yukteswar seis coliflores cultivadas por sus propias manos y las guarda bajo su cama. A la mañana siguiente, camino de la playa, el maestro le pregunta si cerró la puerta trasera de la ermita; el discípulo cree que sí, pero Sri Yukteswar le anuncia con una sonrisa que, por su descuido, «tus seis coliflores pronto serán nada más que cinco». Le señala entonces un camino y predice que pronto pasará por él un hombre que será el instrumento de su castigo. Aparece un campesino medio loco que, tal como el maestro había dicho, entra por la puerta abierta y sale con una de las preciadas coliflores. Riendo de pies a cabeza, Sri Yukteswar explica que captó el deseo de aquel pobre hombre y guió sus pasos hasta la hortaliza mal guardada, demostrando así, como una perfecta radio humana, la omnipresencia de la mente sintonizada con Dios.
El brazalete astrológico
Sri Yukteswar aconseja a Mukunda usar un brazalete astrológico de metales puros, no por superstición, sino como medida preventiva ante una dolencia hepática que le anuncia para el mes siguiente.
El brazalete astrológico
Capítulo XVI · «Cómo dominar la influencia de los astros»
«Mukunda, ¿por qué no te haces un brazalete astrológico?», pregunta un día Sri Yukteswar. El discípulo objeta que no cree en la astrología, y el maestro le responde que no es cuestión de creencia, sino de verdad científica: la astrología es el estudio de la respuesta del hombre al estímulo planetario, y las estrellas solo envían radiaciones que canalizan el equilibrio de causa y efecto puesto en marcha por nuestro propio karma. El hombre sabio, explica, vence a sus planetas transfiriendo su alianza de la creación al Creador. Aun así, mientras dura el viaje conviene usar todas las indicaciones: los antiguos rishis descubrieron que los metales puros emiten una luz astral que contrarresta las tendencias negativas de los astros, igual que un pararrayos de cobre protege una casa. Sri Yukteswar le aconseja un brazalete de oro, plata y cobre, y le previene que en un mes su hígado comenzará a molestarle; con el brazalete, la dolencia que habría durado seis meses se reducirá a veinticuatro días.
El encuentro con Anandamayi Ma
En una calle de Calcuta, la santa Anandamayi Ma, sumida en samadhi, desciende de su automóvil y abraza a Yogananda, a quien nunca había visto: «¡Padre, has venido!».
El encuentro con Anandamayi Ma
Capítulo XLV · «La madre bengalí y su inefable gozo»
Antes de regresar a América, Yogananda acude a una casa de Bhowanipur, en Calcuta, para conocer a Nirmala Devi, la santa conocida en toda la India como Anandamayi Ma, la «Madre saturada de gozo». Al llegar la encuentra de pie en un automóvil abierto, bendiciendo a un centenar de discípulos y a punto de partir. Aunque nunca se han visto, la santa desciende del coche, viene a su encuentro y, echándole los brazos al cuello, exclama: «¡Padre, has venido!». Yogananda advierte al instante que se halla en un profundo estado de samadhi, consciente solo de su alma inmutable, y que desde ese plano saluda gozosamente a otro devoto de Dios. Su pequeño rostro resplandece con una alegría inefable, y un punto de sándalo en la frente simboliza el ojo espiritual siempre abierto. Sus propios discípulos la alimentan con sus manos, pues ella apenas atiende a su cuerpo y pasa días enteros en éxtasis. «Mi conciencia nunca se ha mezclado con este cuerpo temporal», le confía; «antes de venir a este mundo, era la misma, y sigo siendo la misma».
El maestro tocando
El canto devocional fue una de las grandes pasiones de Yogananda. En 1926, en el Carnegie Hall de Nueva York, logró que tres mil occidentales entonaran juntos un antiguo canto hindú durante una hora y veinticinco minutos.
El maestro tocando
Capítulo XLVIII · «En Encinitas, California»
Para Yogananda, cantar y hacer música devocional era una vía directa al corazón de Dios. Reunió sus cánticos predilectos —entre ellos dos favoritos de Sri Yukteswar, «Despierta, despierta, oh mi Santo» y «Deseo, mi gran enemigo», antiguos himnos sánscritos, viejas canciones bengalíes y composiciones suyas— convencido de que «la música es un idioma universal». Puso esa certeza a prueba el 18 de abril de 1926, en una conferencia en el Carnegie Hall de Nueva York. Un estudiante temía que aquel canto oriental, «¡Oh, Dios hermoso!», provocara una lluvia de tomates podridos; pero durante una hora y veinticinco minutos las notas resonaron ininterrumpidamente en las gargantas de tres mil personas, cuyos corazones se elevaron en un sencillo júbilo. Aquella misma noche, entre quienes cantaban con amor el nombre del Señor, se produjeron numerosas curaciones.
Yukteswar en la boda de su hija
En su primera noche en la ermita, Sri Yukteswar le confía a Yogananda su historia: fue hombre de hogar, tuvo una hija —hoy casada— y solo tras enviudar entró en la Orden de los Swamis.
Yukteswar en la boda de su hija
Capítulo XII · «Años en la ermita de mi maestro»
La primera noche que Mukunda pasó bajo el techo de su gurú en Serampore, en cuclillas junto a su piel de tigre y con las estrellas asomando al balcón, le pidió: «Gurúji, dime algo de tu vida». Sri Yukteswar respondió con sencillez: su nombre de familia había sido Priya Nath Karar; había nacido allí mismo, en Serampore, hijo de un próspero comerciante que le dejó la mansión ancestral, convertida ahora en ermita. Muy joven asumió las responsabilidades de jefe de hogar y tuvo una hija, hoy casada. Su madurez fue bendecida por la guía de Lahiri Mahasaya, y solo después de la muerte de su esposa entró en la Orden de los Swamis, recibiendo el nombre de Sri Yukteswar Giri. Tras aquellos «sencillos anales» —advirtió sonriendo el Maestro— quedaban ocultas las verdaderas características del hombre interior.
La ermita de Puri
En su retiro junto al mar, Sri Yukteswar acoge a cuantos llegan a la ermita con idéntica cortesía: al poderoso y al humilde, al erudito y al iletrado, como quien ve una misma alma en cada visitante.
La ermita de Puri
Capítulo XII · «Años en la ermita de mi maestro»
La ermita de Puri es la alegre casita de dos pisos que Sri Yukteswar levantó con sus discípulos frente a la Bahía de Bengala, con balcones abiertos al rumor del mar y al aire salino. Hasta ese apacible retiro llega del mundo una corriente continua de visitantes, y a todos acoge el Maestro con idéntica cortesía y fineza. No muestra consideración especial hacia los poderosos o los letrados, ni desdeña a nadie por su pobreza o su falta de letras: escucha con respeto la verdad en labios de un niño y pasa por alto la pedantería del erudito, pues para quien se ha realizado como alma —y no como cuerpo ni ego— el resto de los hombres reviste una notable semejanza. Nunca se turba por la llegada de huéspedes inesperados; con pocos alimentos improvisa un banquete bajo su ingeniosa dirección, y nadie sale de la ermita hambriento ni insatisfecho. Y si algún visitante lo sorprende ensimismado en el Infinito, enseguida lo invita a conversar, incapaz de hacer ostentación de su íntima comunión con Dios.
Los paseos por la playa
En sus vacaciones de verano junto al mar, Sri Yukteswar y sus jóvenes discípulos bajan a la playa de Puri; el Maestro los guía y, entre risas, los hace marchar en fila y a paso rítmico mientras canta.
Los paseos por la playa
Capítulo XV · «El robo de la coliflor»
Durante las vacaciones de verano en la ermita a la orilla del mar, Mukunda despierta temprano, reanimado por la brisa salina y la hermosura de los alrededores, cuando la voz melodiosa de Sri Yukteswar lo llama: «Vente, vamos a la playa». El Maestro abre la marcha y un grupo de jóvenes discípulos lo sigue, al principio dispersos y sin concierto. Con muda y suave crítica los observa: «Cuando nuestros hermanos occidentales caminan, suelen hacerlo con orgullosa precisión y simetría; marchen ahora de dos en fondo, llevando todos un paso rítmico». Y comienza a cantar: «Muchachos, vayan y vengan en una bonita hilera», igualando sin esfuerzo el paso vivo de sus estudiantes. Estos paseos matinales por la costa son escuela viva de atención y alegría: en la disciplina más pequeña —el andar— el Maestro enseña a unir el ritmo del cuerpo a la serenidad del alma.